PRESTENOS SU SANTO...
—Ahí vienen los de Santa Ines pedirnos nuestro santo para su fiesta.
—Igual que todos los años, igual que todos los años.
—Como carecen de santo patrono, no pueden hacer la fiesta de su pueblo más que con el nuestro.
—Y poco les importa que sea hombre.
—Bueno, tú, muchacho, vete a avisarle al señor párroco que ya vienen a recoger a San Damián.

—Yo creo, francamente, que el señor cura tiene razón, ¿por qué siempre hemos de pedirles prestado a los de San Damián su santo? Es tiempo que nosotros tengamos el propio: ya es hora de comprar la imagen de Santa Inés. Y para que vaya en serio, aquí pongo los primeros quince pesos.
(Nadie hubo, en toda Santa Inés, que no diera su cooperación. Rápidamente reunieron la cantidad necesaria y el sacerdote designó a un grupo para que fuera por la escultura. Así se hizo. Y en medio del regocijo del pueblo, su ilustrísima, el arzobispo, bendijo la hermosa representación de Santa Inés).
—¿Supieron? Aquellos desgraciados ya no van a solicitar nuestro santo. ¡Ahora tienen el suyo!—Yo sí lo supe. Me lo contó Francisco Castelán hace rato.
—Será un problema. Con seguridad San Damián está molesto.
—Cómo no va a molestarse, fue un desprecio: ya no lo pedirán para su fiesta...
—Dice mi comadre Josefina que los de Santa Inés recibirán un castigo.
—Merecido lo tienen.
— Ellos lo provocaron. Mira que hacerle eso a nuestro santo.
—Dicen que San Damián está enojado con nosotros.
—Eso dicen los rumores.
—Cuando el río suena, agua lleva.
—¿Estará molesto también con Santa Inés?
—No: los santos nunca se enojan con los santos. El pleito es contra el pueblo.
—A decir verdad, yo lo dudo. Tenemos casi dos meses con la santa y no ha habido ninguna demostración.
—Ni castigos para nadie.
—Está bien; pero tampoco se le ven intenciones de cumplirnos y eso que la tenemos rodeada de flores y veladoras.
—Ya tenemos listos los milagros de plata.
—Oigan, creo que aquí hay algo raro, muy raro.
—Vamos a hablar con el señor cura; él nos sacará de dudas.
—Sí, es lo mejor. Vamos todos.
—No hijos, no. San Damián no puede enojarse ni con Santa Inés ni con ustedes. Los santos carecen de pasiones. Si las tuvieran no serían santos. Ellos son pura bondad y dulzura; en este sentido reflejan a Dios nuestro señor; personalmente creo que San Damián ve con buenos ojos que ya tengamos santa. De esta forma él descansa. Imagínense, cada año lo subíamos hasta acá, para luego bajarlo. Aunque nunca manifestó desagrado, debió ser incómodo y molesto. Además, no es costumbre de santos andar de un lado para otro. Ya verán como no existe tal enojo.
—No que no. ¿Vieron lo que pasó en Santa Inés? San Damián los castigó; la helada cayó de lleno y ni un elote bueno les dejó.
—Justa reacción del cielo...
—Para que sepan con quién se meten. Mira que hacerle eso a nuestro santito.
—Sí, fue una descortesía muy grande.
—Ni una mata quedó buena.
—Se los dije. Fue culpa de Santa Inés.
—Y el señor cura que dijo que los santos no tomaban venganza.
—Toda la cosecha arruinada..., por culpa de Santa Inés. . .
—Me mató algunos animales...
—Mis gallinas no ponen del susto; qué helada tan dura, mucho granizo; el frío todavía se siente...
—A ver si Lupita llega bien al parto.
—Las milpas se fregaron. Hubiéramos seguido con San Damián.
—...quemadas por el frío.
—Así como lo oyen: la única manera de desagraviar a San Damián es esa, ni modo, no hay otra.
—Pero, ¿no podríamos venir nosotros solos no más?
—No. Tiene que venir Santa Inés a pedir disculpas a nuestro santo; ni remedio.
—Siendo así, qué se hace. El mismo señor cura dice que bajemos a Santa Inés para quitarle lo molesto a San Damián.
—Hay que hacerlo, pero pronto; no sea que nos mande otra helada ... o algo peor.
—No sean brutos, dicen don Lino Santacruz y la profesora Fabila, que estuvieron aquí hoy en la mañana, que la helada fue cosa de la naturaleza.
—¿Y cómo a San Damián casi no lo tocó?
—Es sencillo. Santa Inés está descubierta por todos lados y San Damián protegido por el cerro...
—No lo digas. Eres un hereje. Fue castigo del santo.
—¿Entonces? ¿Bajamos mañana temprano con la santa?
(Del pueblo de Santa Inés bajan sus habitantes en lenta procesión. Ninguno falta. Llevan en andas a su santa. Cirios encendidos en las manos. Los cánticos apenas brotan de las gargantas y el viento los dispersa y los estrella contra los montes cercanos. El sacerdote marcha a la cabeza).
—El mayordomo les dirá qué hacer.
—Primero, antes que otra cosa, deben poner a Santa Inés junto a San Damián para que le pida disculpas, para que lo desagravie. Luego hay que dejarlos solos: los hombres no debemos escuchar lo que se dicen los santos; no es bueno ni grato a Dios. Si San Damián perdona, celebraremos misa. Y al mediodía podremos tomar pulque y cerveza. Las mujeres harán de comer.
—Oye, están tardando mucho.
—Tienes razón. Vamos para el segundo día y los santos siguen encerrados...
—Menos mal que son santos, si no...
—Cállate, blasfemo.
—Dicen el señor párroco y el señor mayordomo, que San Damián ya está desagraviado. Y que luego de la misa, frente a la iglesia, comeremos y beberemos como Dios manda. En el atrio estarán los dos santos. Hoy será festivividad por su reconciliación.
—¿Cómo? ¿Se acabó el pulque? Vayan a los tinacales por más. Pero rapidito.
—Ahí pongo las tortillas, junto al pollo.
—Destapen más cervezas frías.
—Salud.
—Aquí están el chicharrón y la salsa verde.
—Un poco más de arroz, por favor.
—Oyeme, tu santa no sirve para nada. Ni siquiera pudo salvarles los sembrados.
—Salud. Por San Damián.
—Pues tu santito es un hablador. Le trajimos a Santa Inés y luego luego se ablandó.
—Qué, a poco creen que San Damián es el más milagroso de todos los santos del cielo. Están locos.
—Dejen de discutir y sírvanse aguardiente.
—Santa Inés no puede hacer milagros.
—Si no es fácil hacerlos.
—No, pero San Damián ha hecho muchos.
—¡Hartos, señores!
—Y les mandó una buena granizada.
—Bueno, ya estuvo bien. Ahora les vamos a demostrar como San Damián no sirve; a ver si se quita este botellazo...
—¡Contra Santa Inés!
—No los dejen, ¡defiéndanla!
—¡Denle duro a San Damián!
—Dizque muy milagroso.
—¡No, al cura no!
—¡También!
—¡Más fuerte!, ¡más fuerte...!
—¡Más! ¡Más!
—Vámonos para el pueblo antes que se haga noche.
—Les ganamos, ¿verdad?
—San Damián quedó bastante roto.
—Tengo las manos adoloridas...
—También al padre le abrieron la boca, viene sobándose.
—Al otro le desgarramos la sotana.
—Veré si las viejas y los niños están bien.
—Yo voy a buscar a Jordán, creo que todavía trae cervezas.
—Menos mal que pudimos recoger la cabeza de Santa Inés.
—Aquí me traje los pedazos de su túnica... No pude encontrar los brazos... Ni modo, en la lucha los usaron como garrotes y los perdí de vista.
—Yo traigo una pierna... Pero, la verdad, no sé de quién de los dos sea...
